Para no morir






Creí que ya no volvería a escribir, que sólo ardía sal en mi garganta, pero  un efecto colateral del dolor empujó en mi cabeza las ideas, labró caminos en mi sangre y la mano emprendió el viaje.
Escribí como quien funda un pueblo en el desierto. Con miedo, con sed de amparo. Como quién recupera  la ilusión de regresar a su hogar.
No escribo para competir, ni para que  me llamen poeta. Soy solo escriba de viejas palabras que ya dijeron los maestros. Escribo de lo que viví, de lo que se me murió, y de las letras que absorbí   con ojos de fiebre.
Escribo en las noches de largas orejas, de insomnio perfecto. Como una lánguida novia sin dueño,  perdida en la jungla con su cabello de luna. La  luna es un fósil sobre un  mural de estrellas y la poesía una frágil silueta. Yo escribo la sombra, la piedra, la ruta de imperios inciertos y bebo esa pócima eterna,  ni amarga ni dulce, escándalo y secreto.  Yo doy la baraja y la suerte, condeno poesía sin poeta  las que  fisuran las pausas  y se desvanecen.  Porque de todo lo vasto que yo desconozco hay algo que entiendo, si voy a escribir que sea sin resguardo, sin ocultar la cavidad ardiente, esa que me aniquila, me deja sin nombre, atávica y sedienta.
Escribo para no morir, para recobrar vidas, y  fundo humanas desobediencias, milagros de  fantasía hablados  mil veces con el viento, mil veces desoído. 

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