Quizás vuelva la llama de la aurora
a alcanzarme el pliego de la vida
donde anotar lo fortuito que se
convierte en ley.
Abjuro de esta suerte,
desconocer la llaga de la muerte
alzándose por la costumbre
de un día sin memoria.
Mis mendrugos, tu alegría
enclaves que en tus ojos
cuentan la armonía
que sólo se aprende
de la tierra.
Mis mendrugos, tu alegría
enclaves que en tus ojos
cuentan la armonía
que sólo se aprende
de la tierra.
Quién pudiera anticipar
la coordenada exacta
donde cae inquebrantable
la estrella del destino.
Si hubiera sabido la
última vez de tu dulzura
me habría estrechado
a tu garganta,
ya entendía tu sapiencia,
¡Mendigamos tanto amor,
porque estamos tan heridos!
Desprevenida en medio de
tu ausencia,
ha quedado al descubierto
mi costado de pájaro deseante
de vuelos inconclusos.
Mi irreverencia te
imagina continuum invisible,
juglar anticipando mis pasos
en el azul
desconocido.
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